La Casa Europa

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diumenge, 1 de gener de 2017

El Titán y el Talión

El Titán y el Talión

- ¡Es terrible, Holmes! ¿Cómo ha podido suceder un desastre de tal envergadura? ¡Un barco así, con todos los adelantos y una tripulación de competencia sobradamente contrastada!
- No le dé más vueltas, Watson, que se agita y su corazón no está para disgustos. Releer el Times seis veces más no solucionará nada.
- Lo sé, Holmes, gracias. Pero no puedo dejar de pensar en Greenway, Maugham, Sommersbay... sus familias, y las de tantos miles, fallecidos de manera tan dolorosa por un estúpido accidente.
- ¿Le consolaría acaso asumir que no murieron por un azar fatídico sino por la voluntad maléfica de ciertos conspiradores criminales?
- ¡Holmes! ¿Qué insinúa? ¿Sabe Ud. algo?
- Lo mismo que Ud., Watson, lo que explican los diarios de ayer y hoy de Londres y París. Aún no he podido leer la prensa extranjera del Club Diógenes pues la reciben al menos con una semana de retraso. Cada día peor.
- ¿Y?
- Perdone, Watson. Entre las muchas riquezas que se han perdido para siempre - aparte el inconmensurable valor de las vidas humanas - ¿cuáles destacaría Ud.?
- Supongo que las joyas sumarían muchos miles de libras, por la calidad y cantidad de pasajeros de primera clase... También había cuadros y esculturas irreemplazables: un par de Troyon, varios Landseer, italianos y españoles...
- Dos Goyas, un Ingres, algún Corot, un Burnjones... ¿Qué más recuerda Ud.?
- No sabría decirle; no he prestado excesiva atención a este apartado de la tragedia. Sin duda en Lloyd’s estarán mejor informados.
- No es mala idea. ¿Conoce Ud. a alguien de la compañía?
- Sí, creo que sí. Aunque hace años que apenas nos vemos... ¿Realmente le interesa o intenta distraer mi angustia?
- Me interesa, Watson, me interesa. A mí me sorprendió tanto como a Ud. que no apercibieran un iceberg, cuando además estaban avisados de la deriva de éste bastantes horas antes.
- Máxime cuando es época habitual de deshielo y el capitán lo sabía perfectamente.
- Hasta el aprendiz de fogonero lo sabía.
- ¿Y pues?
- Pues que una buena explosión realizada con el fantástico invento de ese sueco, Alfred Nobel, que además ha sido recientemente mejorado –según discretas observaciones de mi hermano: ¡razones y secretos de Estado!– y ha dado un explosivo llamado trinitrotolueno o, para abreviar, TNT, en la zona de máquinas, donde casualmente parece que impactó el bloque, habría enviado al garete este navío y al propio de Poseidón.
- ¿Un atentado? ¡Pero Holmes! ¿Quién podría actuar tan criminalmente? ¡Casi cinco mil personas muertas! ¡Y de todas las clases sociales!
- Lo que descartaría a comunistas y anarquistas.
- Supongo que sí; sin embargo algunos tal vez fueran capaces...
- ¿Por demostrar, como todo el mundo ha podido ver para vergüenza general, que el trato dado a los pasajeros de segunda y tercera fue el mismo que se da al ganado dispuesto para el matadero? No es preciso viajar en un bajel de lujo para saber que las clases trabajadoras sobreviven más por algún hecho incomprensible y milagroso que gracias al salario que reciben y que su condición social, tanto en la guerra como en la paz, es la de simple carne de cañón y mano de obra barata. Yo, sinceramente, descartaría, por razón de clase, anarquistas y comunistas.
- Siento que hay algo que no me cuenta, Holmes.
- Es cierto, Watson. Por ello le interrogaba sobre los objetos de valor perdidos en el naufragio, porque Ud. es un hombre refinado que ama la poesía.
- ¡Claro, ahora lo recuerdo! ¡Imperdonable olvido por mi parte! ¡Tremenda la pérdida, amigo mío! ¡El manuscrito de Samarcanda! ¡Las Rubaiyyat de Omar Khayyam! Yo guardo con gran cariño la primera edición de Fitzgerald que adquirí en Teherán. La edición incluía un prólogo de nuestro embajador por aquellos años, Sir Perceval Karmatian.
- ¿Armenio?
- Su abuelo descendía de la nobleza armenia, aunque él es un hombre más bien poco aristocrático, más dado a frecuentar ambientes artísticos y literarios que té y galletas, con gustos asaz refinados y exóticos.
- ¿Por ejemplo?
- Es un gran conocedor del mundo islámico, especialmente en lo que concierne a los sufíes y derviches.
- ¡Ajá! ¡Podría sernos muy útil! ¿Conoce su dirección?
- Por supuesto. Déjeme que mire la hora. Son las diez: estará llegando a su casa y, con suerte, llegaremos cuando acabe de cenar. Tiene unos horarios – o al menos los tenía antes – algo extravagantes. Sus dos criados hacen perfecto juego con él. Uno es sirio y el otro persa, ambos shiíes y educados en Suiza.
- Curiosa combinación y coincidencia: Omar es considerado un santo precisamente por los shiíes, el grupo islámico que vindica la austeridad de Mahoma y los cuatro primeros califas y espera el regreso del imam oculto, el Mahdí, quien, a la manera del Mitra persa o el Mesias cristiano, debería venir al fin de los tiempos a poner justicia en el mundo.
- Yo le aconsejaría se diera algo de prisa.
- Sí, o poco quedará por salvar. Entre los ismailitas shiíes, seguidores del séptimo imam, se desarrollaron dos movimientos que asolaron su tiempo, los kármatas que se enfrentaron a los Omeyas y su lujo impropio del profeta y llegaron a poseer la Piedra Negra de la Kaaba durante 25 años; y los“hashshachins” o asesinos, los fedayins seguidores de Hassan ibn Sabbah, el Viejo de la Montaña, tres siglos después. En la famosa universidad de Al-Azhar, en El Cairo, fundada por el califa fatimí Al-Hakim - quien desapareció un día creyéndose Dios mismo– se conocieron Omar, Hassan y Nizam al Mulk, mayor que ellos en edad, quien llegó a ser visir del califa turco Alp Arslan. Cuando aplicó la teoría política de su libro “Manual del hombre moderno” sobre el gobierno y persiguió aquellos grupos que se oponían a un Islam opulento y lujurioso frente al que predicó Mahoma de igualdad y justicia entre los hombres, como los kármatas, shiíes y jadiyíes, la respuesta de su amigo fue enviarle un joven fidais que le apuñaló antes de caer muerto por sus guardias.
- ¿Cree Ud. que la secta de los asesinos existe aún y que ellos han hundido el barco para recuperar el libro?
- ¿Qué llegaría a hacer un sikh del Punjab por defender su libro sagrado, el Guru Grant Sahib, Watson? ¿ Recuerda sus años en Afganistán e India?
- Sí, Holmes. Grandes guerreros y un gran pueblo. ¡Lástima de su atraso!
- Tampoco pueden agradecer al cielo nuestro adelanto...
- No, ciertamente. Visto con la perspectiva de los años no les hemos servido de gran ayuda.
- Amigo mío, colonizar no es civilizar, es ocupar, invadir. Así no se desarrolla una cultura. Ninguna sociedad puede someterse sin resistencia a otra por el imperio de las armas, ni aún con la mojigata excusa del desarrollo económico, como suelen canturrear nuestros demagogos políticos. Y menos dividir las naciones con un lápiz en un mapa, como quien trocea un pastel de aniversario, separando familias, pueblos y naciones en estados ficticios gobernados por marionetas sumisas al soborno. En su momento la propia iglesia romana se vanaglorió de sus mártires en defensa del simple nombre de Cristo o la pretendida virginidad de una madre soltera, sin ningún escrúpulo moral o humanitario, mientras masacraba pueblos y naciones en nombre de su dios.
- Y éso sin considerar el valor de la obra en sí mismo pues, indudablemente, habría conseguido una fortuna en la subasta a la que iba destinado. Muchos cientos, yo me atrevería –y no por mis magras posibilidades pero sí por algunos conocidos– a hablar de miles de libras.
- O de guineas. Un premio para el anónimo propietario.
- Propietaria. Si los rumores en su momento fueron ciertos se habló del deseo de Buckingham de librarse de una posesión incómoda.
- O peligrosa. Algunos musulmanes pagarían tanto o un dirham menos que por la Piedra Negra si a alguien se le ocurriera subastarla. Póngase el gabán, Watson, que la noche es traicionera.
- ¿Adónde vamos?
- A conocer a Lord Perceval, ese embajador suyo en Teherán y, por el camino, me desgrana sus recuerdos sobre él, hasta los más nimios detalles.
- Mucho deberé hurgar en mi memoria... Le vi por última vez hace diez años aunque nos conocimos hará ya una cuarentena... treinta y seis si recuerdo bien. Fue en 1876, en una recepción a la que nos invitaron para celebrar el compromiso de Lady Hamilton con Sir Declan O’Feinn. Lord Karmatian era amigo suyo desde su estancia en Cambridge. Ambos eran excelentes deportistas y compartieron regata en tres ocasiones, dos de las cuales concluyeron con victoria para sus colores.
- ¡Bravo por los leones de Bedford! La hermosa colección de paletas masónicas de los Russell también habrían valido buenas guineas en Christie’s...
- ¡Ja! ¡Sí, Holmes: un buen montón! Al rato de conocernos derivamos la conversación hacia nuestra afición común: la caza. A resultas de la cordial camaradería compartimos varias cacerías, todo lo que se cocinó aquella temporada: corzos, ciervos, jabalíes y un par con buenos zorros. Durante seis o siete meses cultivamos una simpática amistad pese a que soy unos quince años mayor que ellos. Después se incorporaron a sus destinos diplomáticos y les perdí la pista.
- Hasta unos años más tarde.
- Ya estaba jubilado para entonces y recordáis que la salud de mi esposa era delicada. El especialista que la trataba nos aconsejó climas cálidos en invierno y solíamos viajar por Italia y Grecia, luego Turquía, Siria, Palestina, Jordania, Irák e Irán... Fueron unos años muy hermosos... ¡los últimos! ¡Cielos, Holmes, cuánto la añoro!
- Lo sé, Watson. Tuvo Ud. la suerte de tener en Mary una abnegada esposa a quien amó muchos años con fervor y veneración sin duda correspondidas, mas ha de pensar en su delicado corazón y en Lord Karmatian.
- Sí, fue en Teherán, la primavera de 1901, primer año del siglo XX, como ya comentamos entonces. Visitamos la embajada para inscribirnos, como hacíamos siempre. A Mary le encantaba amontonar estampillas en el pasaporte y enseñárselas a las amigas durante el verano: viajaban a Stonehenge como quien alcanza el fin del mundo.
El caso es que Perceval era el embajador y cuando supo que estábamos allí salió efusivamente a recibirnos, nos hizo entrar en su despacho y se puso a nuestra completa disposición, para cuanto nos cupiere en gana. Fue amabilísimo y muy cortés: cautivó a Mary. Había adelgazado un tanto y su piel pasaba fácilmente por la de un persa más, como su vestimenta. Vestía traje y corbata en la embajada pero se cubría con la túnica al salir a la calle. Su conocimiento del árabe, el turco y el persa eran excelentes, como comprobé en distintas ocasiones.
No sabría... ¡Espere! ¡Tal vez sí! En una ocasión, en un selecto club privado de Teherán, conversábamos con un efendi turco, un individuo grueso y calvo con un mostacho enorme que comerciaba con varios países de Asia Central y conocía bien su situación política. Comentamos especialmente la cuestión del Tibet, de Kashmir y del Punjab y convinimos en que repartir la zona sin tener en cuenta la división tribal, especialmente en el caso de los sikhs, es una barbaridad que traerá graves consecuencias, como en el caso de kurdos y armenios.
- Más problemas nos causará la política de “laissez faire” de nuestro gobierno frente a la terca y prusiana actitud del sobrino de la reina, el kaiser Wilhelm, con todo, comparto plenamente sus opiniones y su preocupación por Asia Central aunque más deberían preocuparse los Romanov y sólo piensan en Rasputin y majaderías medievales. Perdone la disgresión.
- Mientras dialogábamos se acercó uno de los sirvientes de Lord Perceval, el persa que le dije, acompañado por un campesino polvoriento póbremente vestido pero inmaculádamente de blanco. Para mi sorpresa Perceval se levantó y le tomó ambas manos, se las besó inclinándose y se las posó en los ojos y la frente antes de volver a besarlas con respeto y devoción. Se apartaron unos minutos y hablaron una lengua que me sonó muy extraña. Más tarde él mismo me aclaró que era pahlevi, persa antiguo, y que también hablaba pashtu, urdu, turco y varias de las lenguas árabes.
- Llegamos Watson: éstos vehículos automóviles son muy eficaces; sólo espero que no proliferen en exceso pues sería insoportable.
- Buenas noches. Desearíamos ver a Lord Perceval, si no es molestia. ¿Me recuerda? Ud. es Kavir, si no yerra mi memoria.
- Su memoria es excelente, Dr. Watson. Es un honor Mr. Holmes.
- El placer es mío, Mr. Kavir.
- Pasen a la salita, por favor, Lord Karmatian les atenderá enseguida. Está concluyendo los postres.
- ¡Qué gran placer Dr. Watson, después de tantos años! Mr. Holmes: es un honor recibirle en mi humilde casa. Acomódense, amigos míos. ¿Un té y un buen brandy?
- Gracias, Lord Karmatian. Perdone lo intempestivo de nuestra visita y sin avisar siquiera, mas mi amigo Holmes deseaba resolver unas dudas y pensamos que podría ayudarnos.
- Será para mí una alegría y una excusa para aumentar mi vanidad, si ello es posible.
- Conoce Ud. la pérdida del manuscrito de Omar Khayyam en el naufragio...
- Desde luego... ¡Terrible tragedia para toda la humanidad... y para la Gran Bretaña, más que nadie! El orgullo del imperio hundido durante su primer viaje triunfal a la excolonia por un bloque de hielo que nadie vio. Imposible de creer si no fuera porque lo dice el Foreign Office.
- Hay mucho de grotesco en la tragedia humana, Lord Perceval.
- Si lo dice por esos botes medio vacíos con alguna marquesa, sus joyas y el perrito de aguas, rodeados de centenares de personas que sentían adormecerse sus sentidos por el frío glacial del agua, o los de segunda y tercera clase que se fueron a pique con el barco, encerrados para que no molestaran la huida de los de primera, yo lo calificaría de despreciable y criminal antes que de grotesco.
- Las fuentes oficiales dicen que los supervivientes no vieron el iceberg pero sí la tripulación de mando en el puente, que se hundió valerosamente con el barco. Los demás botaron ya avanzada la tarde y el iceberg se había alejado por el lado opuesto.
- Tal vez, Mr. Holmes pero ¿no le parece a Ud. como si Dios hubiera querido castigar la soberbia de un pueblo que somete a otros a sus propios designios e intereses, fomentando la corrupción, la opresión y la pérdida de todos los valores éticos? No se puede, o no se debería, desafiar a los desesperados: pueden tener demasiado poco que perder y aceptar el desafío hasta las últimas consecuencias.
- Al hilo de sus palabras me acude el viejo de la montaña, el temido amigo de Omar, Hassan ibn Sabbah.
- El fundador de la secta de los asesinos: un personaje interesante de quien también se perdió la obra.
- Algunos estudiosos, Watson, apuntan que los fedayins podían haber salvado los libros de ibn Sabbah y que él mismo estaba aún vivo y huyó por ciertos túneles secretos pero, si ello fuera cierto, Hassan habría vivido casi doscientos años.
- Tras ibn Sabbah, según los ismailitas dodecimanos, hubo siete ancianos más hasta la llegada de Hulagu, el Khan mongol que arrasó la fortaleza de Alamut. Leyendas hay muchas, certezas menos. Los mongoles arrasaron Samarcanda, la derruyeron y la prearon, y nadie se salvó en Alamut. Los asesinos resistieron y fueron masacrados hasta el último: ya no hay fidais ni fedayins, ya no hay héroes en el siglo XX.
- ¿Cree Ud. que nadie en Persia, en Siria o entre sufíes y derviches se acuerda ya de Omar?
- Pregúntele al Aga Khan, imam de los ismailitas shiíes y una de las mayores fortunas del mundo. El podría haber pujado por el manuscrito si hubiera querido, Mr. Holmes.
- ¿Quién compraría por un precio desorbitado lo que en justicia le pertenece?
- ¿Alguien muy rico? Holmes, me hace sospechar que para Ud. el accidente sería un atentado o un robo...
- No, no se equivoca. Es una intuición y, a nuestra edad, es un divertimento seguir las intuiciones puesto que poco y mal podemos seguir otros instintos más juveniles. Pienso que para muchos millones de musulmanes la subasta del libro habría sido un insulto intolerable y que, de querer herir al imperio, era una ocasión perfecta, única. Además, la brecha de agua se produjo justo a la altura de la sala de máquinas, fallarían todos los sistemas en poco tiempo. En minutos se hallarían a oscuras y aturdidos por el humo del incendio y el caos, ocasión para que un hombre o un pequeño grupo perpetraran el robo y huyeran con el manuscrito.
- Habría que conseguir la lista de pasajeros y ver si han sobrevivido un grupo de musulmanes shiíes, tal vez incluso el propio Aga Khan, y caso resuelto, Mr. Holmes.
- Ya lo hice, Lord Perceval, y encontré, no a un shií, sino a tres. Un lord inglés y sus dos criados, uno persa y otro sirio, aunque no supe que el lord era shií hasta que el amigo Watson me explicó cierta anécdota antigua... Si fuera Ud. tan amable me concedería un favor impagable: cumplir antes de la muerte un sueño.
- Délo por hecho, Mr. Holmes.
- Leer a Omar con un vaso de vino, sorbo a verso, en voz alta y en compañía de dos nobles amigos.
- ¡Faltaría más! ¡Kavir!
- Sí, señor.
- Las Rubbaiyyat y vino de Creta, por favor.
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- Mr. Holmes...
- ¿Qué, Watson?
- ¿No piensa denunciarlo?
- ¿Denunciar qué? ¿Denunciar a quién?
- ¡Son unos asesinos!
- Nosotros también, Watson, nosotros también...

Carles Acózar i Gómez
1-I-2009
(En homenaje a Arthur Conan Doyle y Amin Maalouf).